Información
University of California Press
páginas XXIII-280
dólares 45,00
Encuentros con el autor
El 14 de abril de 2010 el libro ha sido presentado por el autor en Harvard, en el ámbito del De Bosis Colloquium in Italian Studies.
Harvard Diary
Justamente en estos días en Norteamérica millones de jóvenes están decidiendo en cuál college matricularse, un ritual masivo que involucra a casi la mitad de los alumnos del último año del secundario. La fase final prevé la visita a los campus de las instituciones donde han sido aceptados; sin embargo, mientras que en el otoño, en el momento de la presentación de las solicitudes, habían sido los candidatos que trataban de impresionar favorablemente las comisiones examinadoras, ahora las partes se han invertido: con costes que a menudo superan los cincuenta mil dólares anuales, hasta las universidades más prestigiosas deben esforzarse para convencer a los que han sido admitidos que su programa es el mejor, el que abre las carreras más seguras y estimulantes. Lo hacen, seguramente, prometiendo una excelente preparación general y profesional, pero siempre más ofreciendo también servicios y seminarios que ayuden a adquirir la retórica y el body language necesarios para hacerse apreciar por los futuros empleadores: cómo escribir, cómo moverse, sobre todo qué decir y qué no decir de sí mismos, de su pasado y de sus aspiraciones, fundamentalmente como disfrazar las ideas y la personalidad, revelando sólo lo que los interlocutores quieren ver o esperan ver. En el siglo XVII este procedimiento se llamaba disimulación. Que es una cosa muy diferente con respecto a la mentira o a la simulación, ambas fundadas en el engaño, en la deliberada falsificación de la realidad. La disimulación más bien es un proceso de selección: escoger mostrar algunos aspectos de la verdad en vez que otros. “Aunque sin mentir, no decir toda la verdad”, aconsejaba el jesuita Baltasar Gracián en una colección de aforismos sobre el Arte de la prudencia. Porque algunas verdades son inconvenientes, y también porque toda la verdad, como toda la realidad, es imposible de controlar y de comunicar. Mucho menos en momentos de fuerte inestabilidad. Extendiéndose de mediados del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII, la edad de la disimulación se caracterizó por radicales transformaciones epistemológicas y profundas angustias existenciales, que Weber explicó en clave de desencanto del mundo y Foucault como terminación de la correspondencia entre palabras y cosas. Actualmente la está reexaminando Jon Snyder, profesor de la University of California, en la convencedora perspectiva de una “cultura de lo secreto” que caracterizó tanto el comportamiento social (la moral y los buenos modales, a los cuales se dedica el segundo capítulo), como la política (la razón de estado, analizada en el cuarto capítulo) y que se impuso justamente para administrar el difícil traspaso hacia una concepción cumplidamente moderna de la sociedad y de la identidad personal. El fondo es el Barroco, sobre cuya concepción estética Snyder ha publicado recientemente otro libro y que actualmente es uno de los períodos históricos de mayor interés para los estudiosos. Explica Snyder: “El objetivo del disimulador era llegar a un grado cero de comunicación, pero sin interrumpir la conversación y caer en el mutismo y en la mentira”. Los ambientes que contaban, es decir las cortes, estaban saturados de conversación: había que hablar, mucho, y saber hablar, saber contar y saber contarse. Fue ahí y en ese entonces que una palabra conceptualmente muy pesada como “espíritu” asumió el valor de propensión para la argucia y la broma, incluso cruel (es el tema de una buena película de Patrice Leconte, Ridicule: nadie está a salvo). Sin embargo los discursos debían quedarse convencionales, estereotipados, fundamentalmente autorreferenciales, es decir cerrados sobre sí mismos, para confirmar la pertenencia a un sistema de valores indiscutidos y compartidos.
La verdadera interioridad, la que no repetía fórmulas sino expresaba idiosincrasias y deseos personales, tenía que quedar extraña, escondida, impenetrable. En parte para defender la autonomía de la conciencia: una disociación entre interioridad y exterioridad, un “yo dividido” que practicara una “tecnología de lo secreto”, representaba una modalidad de resistencia a ingerencias no debidas de las autoridades administrativas, religiosas, judiciales y, quizás, también culturales (a través del primer medio de comunicación masivo, la prensa) en el espacio privado de las emociones, pasiones y convicciones personales. Larvatus prodeo, escribió Descartes, “avanzo disfrazado”; y el otro gran innovador de aquel período, Galileo, para obtener el permiso de publicar el Diálogo sobre los sistemas máximos no dudó en esconderse detrás de la excusa de un razonamiento ex hypothesi, por pura hipótesis matemática. Sin embargo, la suya no era una verdadera disimulación. La verdadera disimulación, por definición, no se ve y mucho menos se declara. Por eso, a pesar de su centralidad social y cultural, no hubo tratados dedicados específicamente a esta práctica, en una época que redactó tratados sobre cualquier argumento, desde el cortesano al secretario, desde el honor a la conversación civil, desde la equitación a la moda. En realidad hubo uno, salido en 1641 e inmediatamente olvidado, la Dissimulazione onesta, del italiano de Apulia Torquato Accetto. Fue redescubierto por Croce en la década de los veinte, pero se convirtió en un best seller solamente a mediados de la década de los ochenta, con una edición cuidada por Nigro. A su fortuna contribuyó el hecho que fue citado en televisión y en mítines por líderes políticos y sindicales, entre los cuales Berlinguer y Lama: ellos vieron en eso un dispositivo para contrastar la represión directa o indirecta del poder (con Thatcher y Reagan había empezado la reconquista neoconservadora), y además las tendencias autodestructivas de los movimientos radicales o revolucionarios, el nihilismo en que precipitan fácilmente los que se exponen (o creen exponerse) en absoluta transparencia e ingenuidad a la Historia. Accetto había escrito que la disimulación “da un poco de descanso a la verdad, para demostrarla a su tiempo”: en fin se trataba de una táctica de aplazamiento, una forma para supervivir a la crisis. Sin embargo, creo que la generación de Berlinguer y Lama viera en eso también una forma para prepararse a oportunidades futuras, para educarse a la variedad de la realidad, para superar las fáciles, unívocas, tranquilizadoras explicaciones que dan las ideologías y las verdades absolutas, y en cambio aprender a adaptarse y cambiar adentro, a la espera de poder cambiar el mundo.
Como había ocurrido en el siglo XVII, el siglo del absolutismo y de las guerras de religión, pero también de la revolución científica y de la novela, un género que como la disimulación insinuaba entre verdad y mentira un nuevo espacio, el espacio de lo posible, de lo plausible, de la ficción, solicitando a los lectores a buscar soluciones imprevistas, a elaborar explicaciones no ortodoxas. ¿Y hoy? Temo que la disimulación enseñada en los colleges y efectivamente imprescindible en los ambientes que cuentan, las nuevas cortes, los consejos de administración de las instituciones financieras y de las multinacionales, no sea una forma de resistencia a la opresión y al conformismo. No sea una forma para preservar la independencia de la conciencia, aun al precio de ocultarla a los demás. Temo que al contrario se haya convertido en un mecanismo psicológico efectivo con el objetivo de eliminar cualquier contraste entre interioridad y apariencias, entre lo que de verdad se cree y lo que se pretende ser, entre sentimientos privados y sentimientos inducidos (por la publicidad o la televisión): una especie de doble pensamiento orwelliano que permite a los individuos sostener una idea y su opuesto sin advertir la contradicción y, por lo tanto, sin sentirse nunca en contraste con la opinión común. Sin sentirse heréticos. Como por otra parte la ficción, hecha inofensiva por la industria cultural, capaz de transformar hasta la transgresión y la provocación en bienes de consumo. El libro de Snyder se concluye con un análisis de una tardía y poco conocida obra maestra del barroco piamontés, la Salita del silencio de Palacio Salmatoris, en Cherasco. El fresco celebra el silencio y lo secreto y confirma su importancia en el sistema de antiguo régimen. Sin embargo, también admite sus límites: muestra que otros discursos son posibles y funcionales. En una pared, un lema invita a callar, a menos que no se tenga algo que ofrecer de más valor que el silencio. Pocos años después, concluye Snyder, la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert acusará la disimulación de no poder contribuir a la felicidad de la sociedad en su conjunto. Creo que haya que volver a empezar desde ahí, contra la arrogancia y la avidez de los demasiado ricos y de los demasiado poderosos: oponiendo a su cultura de lo secreto, del medio y del éxito no una cultura de la verdad, concepto ahora sobredeterminado, sino más modestamente una cultura de la felicidad.
Juicio:
Referencias:
- Baltasar Gracián, L’arte della prudenza, Rizzoli, páginas 102, euros 4,90.
- Michel Foucault, Le parole e le cose, Rizzoli, páginas 448, euros 10,00.
- Jon Snyder, L’estetica del Barocco, Il Mulino, páginas 186, euros 11,50.
- Patrice Leconte (dir.), Ridicule, DVD, Universal Studio Canal Video, euros 9,99.
- Torquato Accetto, Della dissimulazione onesta, cuidado por Salvatore S. Nigro, Einaudi, páginas 135, il., euros 15,50.
La verdadera interioridad, la que no repetía fórmulas sino expresaba idiosincrasias y deseos personales, tenía que quedar extraña, escondida, impenetrable. En parte para defender la autonomía de la conciencia: una disociación entre interioridad y exterioridad, un “yo dividido” que practicara una “tecnología de lo secreto”, representaba una modalidad de resistencia a ingerencias no debidas de las autoridades administrativas, religiosas, judiciales y, quizás, también culturales (a través del primer medio de comunicación masivo, la prensa) en el espacio privado de las emociones, pasiones y convicciones personales. Larvatus prodeo, escribió Descartes, “avanzo disfrazado”; y el otro gran innovador de aquel período, Galileo, para obtener el permiso de publicar el Diálogo sobre los sistemas máximos no dudó en esconderse detrás de la excusa de un razonamiento ex hypothesi, por pura hipótesis matemática. Sin embargo, la suya no era una verdadera disimulación. La verdadera disimulación, por definición, no se ve y mucho menos se declara. Por eso, a pesar de su centralidad social y cultural, no hubo tratados dedicados específicamente a esta práctica, en una época que redactó tratados sobre cualquier argumento, desde el cortesano al secretario, desde el honor a la conversación civil, desde la equitación a la moda. En realidad hubo uno, salido en 1641 e inmediatamente olvidado, la Dissimulazione onesta, del italiano de Apulia Torquato Accetto. Fue redescubierto por Croce en la década de los veinte, pero se convirtió en un best seller solamente a mediados de la década de los ochenta, con una edición cuidada por Nigro. A su fortuna contribuyó el hecho que fue citado en televisión y en mítines por líderes políticos y sindicales, entre los cuales Berlinguer y Lama: ellos vieron en eso un dispositivo para contrastar la represión directa o indirecta del poder (con Thatcher y Reagan había empezado la reconquista neoconservadora), y además las tendencias autodestructivas de los movimientos radicales o revolucionarios, el nihilismo en que precipitan fácilmente los que se exponen (o creen exponerse) en absoluta transparencia e ingenuidad a la Historia. Accetto había escrito que la disimulación “da un poco de descanso a la verdad, para demostrarla a su tiempo”: en fin se trataba de una táctica de aplazamiento, una forma para supervivir a la crisis. Sin embargo, creo que la generación de Berlinguer y Lama viera en eso también una forma para prepararse a oportunidades futuras, para educarse a la variedad de la realidad, para superar las fáciles, unívocas, tranquilizadoras explicaciones que dan las ideologías y las verdades absolutas, y en cambio aprender a adaptarse y cambiar adentro, a la espera de poder cambiar el mundo.
Como había ocurrido en el siglo XVII, el siglo del absolutismo y de las guerras de religión, pero también de la revolución científica y de la novela, un género que como la disimulación insinuaba entre verdad y mentira un nuevo espacio, el espacio de lo posible, de lo plausible, de la ficción, solicitando a los lectores a buscar soluciones imprevistas, a elaborar explicaciones no ortodoxas. ¿Y hoy? Temo que la disimulación enseñada en los colleges y efectivamente imprescindible en los ambientes que cuentan, las nuevas cortes, los consejos de administración de las instituciones financieras y de las multinacionales, no sea una forma de resistencia a la opresión y al conformismo. No sea una forma para preservar la independencia de la conciencia, aun al precio de ocultarla a los demás. Temo que al contrario se haya convertido en un mecanismo psicológico efectivo con el objetivo de eliminar cualquier contraste entre interioridad y apariencias, entre lo que de verdad se cree y lo que se pretende ser, entre sentimientos privados y sentimientos inducidos (por la publicidad o la televisión): una especie de doble pensamiento orwelliano que permite a los individuos sostener una idea y su opuesto sin advertir la contradicción y, por lo tanto, sin sentirse nunca en contraste con la opinión común. Sin sentirse heréticos. Como por otra parte la ficción, hecha inofensiva por la industria cultural, capaz de transformar hasta la transgresión y la provocación en bienes de consumo. El libro de Snyder se concluye con un análisis de una tardía y poco conocida obra maestra del barroco piamontés, la Salita del silencio de Palacio Salmatoris, en Cherasco. El fresco celebra el silencio y lo secreto y confirma su importancia en el sistema de antiguo régimen. Sin embargo, también admite sus límites: muestra que otros discursos son posibles y funcionales. En una pared, un lema invita a callar, a menos que no se tenga algo que ofrecer de más valor que el silencio. Pocos años después, concluye Snyder, la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert acusará la disimulación de no poder contribuir a la felicidad de la sociedad en su conjunto. Creo que haya que volver a empezar desde ahí, contra la arrogancia y la avidez de los demasiado ricos y de los demasiado poderosos: oponiendo a su cultura de lo secreto, del medio y del éxito no una cultura de la verdad, concepto ahora sobredeterminado, sino más modestamente una cultura de la felicidad.
Juicio:
Referencias:
- Baltasar Gracián, L’arte della prudenza, Rizzoli, páginas 102, euros 4,90.
- Michel Foucault, Le parole e le cose, Rizzoli, páginas 448, euros 10,00.
- Jon Snyder, L’estetica del Barocco, Il Mulino, páginas 186, euros 11,50.
- Patrice Leconte (dir.), Ridicule, DVD, Universal Studio Canal Video, euros 9,99.
- Torquato Accetto, Della dissimulazione onesta, cuidado por Salvatore S. Nigro, Einaudi, páginas 135, il., euros 15,50.
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